miércoles, 10 de agosto de 2011

Capítulo 4: Consecuencias

Me desperté de madrugada. Mi marido seguía durmiendo. A la mañana siguiente tendríamos una rueda de prensa por lo de nuestros hijos.
  -Perdidos...en medio del océano- pensé -¡Ay!...
Me revolví un poco en cama, no podía conciliar el sueño.
  -¿Qué será de ellos?- pregunté en voz baja mirando por la ventana
  -Posiblemente estén muertos- dijo Eugene
  -¡¡Eso ni lo plantees!!- grité alporizada -¡¿Como puedes decir eso y quedarte tan tranquilo?!
  -Vamos Azalea- dijo Eugene con tono de consuelo -Tenemos que dormir. Mañana tenemos una rueda de prensa.
  -Sigo sin entender como puedes estar tan tranquilo.
Eugene apagó la luz de su mesilla previamente encendida para ver mi cara.

Aquel día amaneció. Un día que no quería que llegase. Sin detenerme a pensar en si realmente mis hijos seguirían vivos me levanté de la cama perezosamente. Azalea no estaba a mi lado. Me puse, como era habitual, el traje y la corbata que Colette me habia elegido. Bajé a la cocina. Nuestra encargada del hogar ya había hecho el desayuno. Un desayuno particularmente pequeño en comparación al que solíamos organizar cuando nuestros hijos estában con nosotros. Me senté frente a mi taza de café. Acacia seguía sin dar señales de vida. El cielo estaba nublado. Nubes grises oscurecían el paisaje de ciudad que se contemplaba desde el gran ventanal de la cocina.
  -¡Azalea!- grité
Al no obtener respuesta le hize un gesto a Colette para que ella fuese a buscarla.
  -Sí, señor- dijo inclinandose a modo de reverencia
Con calma fui tomando mi abundante desayuno diario.

  -¿Como puede comer en una situacion como esta?- pensé mientras acomodaba mi oscuro cabello recogido en una trenza sobre mi hombro derecho.
Yo sabía perfectamente donde estaba Azalea. La conozco mejor que su propio marido. Me dirigí apresuradamente a la buhardilla.
  -Señora...su marido le espera para desayunar- dije con un hilillo de voz.
Azalea se encontraba envuelta en una manta mirando por la velux con la cara pálida y los ojos enrojecidos. Se levantó y se encaminó hacia las escaleras. Por el camino le dio un bajón. Me dio un abrazo.
  -¿¡Y si no los encontramos nunca!?- dijo rompiendo a llorar -¿¡Qué va a ser de mi sin mis hijos!?
No pude decir nada. Solo apoyé levemente mis manos bajo sus codos y la levante de mi hombro. Le miré fijamente a los ojos. Sus ojos azules como el mar gritaban sigilosamente por un poco de cariño, un abrazo, una sonrisa. Volví a abrazarla.
  -Colette...yo...gracias
  -No pasa nada, Azalea- dije con voz suave
  -Tus ojos verdes...siempre saben sacar lo mejor de mi- dijo con voz amable
  -Para eso estamos los amigos ¿No?- dije sonriente
  -Tú...
  -No digas nada. Aloces te espera para desayunar
  -No tengo hambre. Tengo el estómago cerrado.
  -Bueno...pues te hago una tila...para los nervios
Sus grandes y marcadas ojeras en su perfecto y pálido rostro denotaban que llevaba toda la noche sin pegar ojo. En cierto modo es normal. Sus hijos habían desaparecido. Lo que no era normal era lo del señor Aloces. Siempre tan excelente. Por fortuna o desgracia, su hijo Kimi había heredado la misma habilidad para ocultar a los demás sus problemas. Era como si el chico llevase un gran armadura que no dejaba a nadie ver sus malos sentimientos. Todo fuera eran cosas buenas. La oscuridad en su interior pasaba desapercibida...para casi todo el mundo. Creo que la sensibilidad de Azalea la heredó la más pequeña. Kumiko, que con el tiempo se volvió muy callada. y cada vez más vinculada con Kimi. Pobres chiquillos. No son más que niños, y andan por ahí. A la deriba. Sólo espero, por el bien de Azalea, y por ellos, que alguien bueno los encuentre.

Un día más amanecía en la isla. Si no me equivoco llevamos aquí cerca de...mes y medio. El tiempo de repente parecía haberse acelerado. En este tiempo Kimi ya se había especializado en caza junto con Inari, que tambien recolectaba frutos. Ilia exploró toda la isla y descubrió que formaba parte de un archipiélago, además entre Ilia y Kimi encontraron unas tumbas, trece concretamente, que albergaban, según Kimi, algún misterio. Kimi también descubrió un lago en la falda de una de las montañas y que uno de los dos picos era un volcán inactivo. Por último, yo me especialicé como médico de la isla. Ahora todo iba bien. Las cosas marchaban sobre ruedas. Todo el mundo parecía feliz, aunque yo...extraño muchisimo a mamá y papá...sobre todo a mamá...
  -¡¡¡Kumiko!!!- la voz de Ilia me hizo despejarme -Vamos a desayunar
Además de todos los progresos hechos por nosotros encontramos cosas útiles en la isla. Como un sistema de agua corriente, más conservas y animales domésticables, por suerte. Teníamos vacas, o eso parecían, ovejas, y gallinas. Además estábamos enmpezando a cultivar. Hoy íbamos a desayunar, como todos los días desde que tenemos las vacas, leche. Teníamos montada una pequeña cabaña, hecha por Kimi e Ilia. No parecía demasiado consistente, pero al menos detenía las lluvia, la poca que caía de vez en cuando. Tras desayunar en la gran mesa de piedra que había debajo de la cabaña, nos dispersamos. El día transcurrió tranquilo, no hubo demasido que hacer. Bien entrada la noche Kimi decidió reunirnos bajo la cabaña, al rededor del fuego. Repartió entre nosotros unos cristales de color muy extraños. Uno verde que tenía en su interior un grabado que ponía: ''Tierra''. Le dió otro a Ilia de color rojo en el que ponía: ''Fuego''. Otro a Inari, de color azul, en el que figuraba: ''Agua''. Y por útimo, otro a mi, éste era amarillo, en que estaba inscrito: ''Viento''. Los signos y elementos coincidian. Tauro, Leo, Acuario, Sagitario, resoectivamente.
  -Los signos nobles de cada elemento- dijo Kimi sosteniéndo su piedra.
  -Son preciosas- dije
  -Sí, tienen un particular brillo...- enunció Inari
  -Sí como iridiscente- añadió Ilia
Serían ,a partir de entonces, nuestros amuletos.

  -Número cuatro...¡¡¡¡¡Número cuatro!!!!! ¡¡Despierta!!¡¡Ayúdame!! ¡¡Despierta!!¡¡¡¡Número cuatro!!!!.
Ese sueño se había vuelto muy acucinate ultimamente. Como si quisiese decirme algo tabú. Me incorporé dentro de la cabaña. El fuego ya se había apagado. Cogí mi rama/espada y me encaminé hacia la playa. La luna brillaba en su cénit. La luna llena iluminaba las transparentes y gelidas aguas, hasta llegar a la arena, marcando así los bordes de la pequeñas dunas que el viento había formado. Me sentía cómodo observando la luna. La obra de la naturaleza...el destino quiso traernos aquí...
  -¿Dónde está la trampa?- pensé -Todo es demasiado perfecto.
Entonces aprecié algo que el oleaje había traido. Algo particularmente grande. Más o menos de mi altura y una complexion considerable. Me levanté para apreciar mejor lo que era. Ví que el ''objeto'' en vano intentaba moverse. Eche a correr. Me tiré a su lado tan rápido com pude y me acerqué a su cara. aún respiraba.
  -¿Me escuchas?- dije con voz suave -¡Oye!
Le zarandee suavemente. Emitió un sonido ahogado. Era un chico. Más o menos de mi edad. Tenía la cara completamente pálida y los labios amoratados. Como Ilia cuando llegó. No paraba de echar agua por la boca. Lo alejé un poco de la marea y lo tumbé en el suelo. Iba a tener que hacerlo...su vida dependía de ello. Pero, era un desconocido. Me obligué a mi mismo.
  -¿Desde cuando eres tan pudoroso?- me dije a mi mismo a modo de reprimenda
Observé que el chico ya no respiraba. Inspiré profundamente, tomé aire, le tapé la nariz, bajé su madíbula los máximo posible, y...fui acercando poco a poco mis labios a los suyos. Apreté los ojos y...le hice el boca-boca como me habían enseñado en todos los cursos teóricos del instituto. Comenzó a toser. Intentó incorporarse. Yo le ayudé y vomitó muchisima agua. Todo agua.
  -¿Me oyes?¿Estás bien?¿Como te llamas?- pregunté inquiriente
  -Bien, gracias- dijo con un hilillo de voz -Me llamo...Azrael.
  -¿Puedes caminar?- pregunté levantándole por un hombro sobre el mío.
  -Creo..que...con ayuda...si...- dijo con la respiración ahogada
Lo llevé hasta la cabaña, que ahora estaba mucho más cerca de la palya, y le di mi manta.
  -Vas a tener que...
  -Lo...se...- contestó débilmente -Me...
  -¿Ayudas?- dije -Claro, ya  no puedo hacer nada peor
Frunció el ceño. Me acerqué y le ayudé a quitarse la camiseta negra que llevaba. Su piel era completamente blanca, en contrastee con su pelo negro y corto. Intentó quitarse los tenis tambien negros que llevaba pero no pudo, debido al frío que le paralizaba todo el cuerpo. Le ayudé a desvestirse. Hasta un punto insospechado. Cuando se quedó en ropa interior, dije basta.
  -Ahí ya te las arreglas tú...- dije
  -Sí- gracias
  -No hay de qué- dije mientras le levantaba del suelo.
Una vez de pie, me dio la espalda.
  -¿Me puedes...agarrar la...manta?- dijo con la voz baja y aún dificultosa de oir
  -Claro...- dije
Cogí ambos extremos de la amplia manta con la que antes dormía yo. Él se retorció bajo esta, en un intento de liberarse de la ropa interior mojada. De repente agarró al manta.
  -Gracias...- dijo
Volvió a tumbarse al lado de las brasas. Yo me fui a por leña y otra manta. Cogí tres o cuatro ramas grandes con una mano y con la otra una manta nueva. Me acerqué a las brasas, aún conservaban algo de temperatura. dejé las ramas encima y pensé un modo de encender la hoguera de nuevo. Como no se me ocurría nada se pasó por la cabeza hacer la tontería con el amuleto de fuego de Ilia. Lo acerqué a la madera como haciendo un ritual mágico y de repente las brasas vovlvieron a mantener una hoguera.
  -No puede ser...- dije boquiabierto
  -¿Como lo has hecho?- dijo Azrael impresionado
  -No lo sé- dije
Al oir a mis hermanos moverse decidí volver a dormir.
  -Bueno...ahora duerme, lo necesitas.- dije -Buenas noches
  -Buenas noches.

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